14.6.08

Escena en busca de título

Hoy, como cada día durante su breve visita, el atildado joven Raúl conduce a la criada hasta la calle. Lo hace caminando solo, siempre adelante, recorriendo el amplio jardín mientras ella lo sigue.
A las cinco de la tarde, bajo una garúa que les moja a ambos el cabello, Raúl alcanza el portón, gira la llave, abre el candado. Y justo antes de salir a la vereda, la anciana lo toma del brazo y le pregunta en el umbral:
— ¿Cuándo te vas?
— Todavía no —responde él.
— Qué bueno —dice ella y sonríe. Has resultado una grata compañía.
En el brevísimo instante en que se produce el diálogo, asaltado por la sorpresa, todavía incrédulo, él la mira a los ojos y descubre en ellos, en ese azul apagado, el chisporroteo eléctrico del romance.

5.6.08

Robin no encuentra a quien amar

Batman se ha casado para contener los rumores. Batichica, celosa, ha puesto a rodar versiones exageradas sobre lo que dice haber visto en la baticueva. Ahora todos los tabloides y las revistas de Ciudad Gótica llenan sus páginas con las especulaciones malsanas de los cronistas de farándula.
Ajeno al chisme y al escándalo, encerrado en la cochera, Robin intenta un escape sacando brillo a sus motocicletas. Examinando su baticinturón y verificando mil veces el buen estado de los dispositivos. Luego extiende las cuerdas, lanza el bumerang, limpia con ternura el delicado cuero verde de sus botines abufonados.
Pero ninguna labor consigue distraerlo. El joven maravilla todavía piensa en la pareja disuelta; su corazón gotea nostalgia por el dúo dinámico.
Robin suspira y echa una mirada de rencor a ese par de muslos desnudos, ya flácidos bajo la tanga satinada. Después enciende un cigarrillo y les regala un bostezo de tedio afectivo a todos los Flash, los Linterna Verde, los Acuamán y tantos travestidos de polvos breves que jamás, está seguro, podrán llenar las grandes botas de su murciélago favorito.

30.5.08

Ella no sabe

Mientras su amante duerme, finge que duerme, ella sale del baño envuelta en una pequeña toalla roja. Viene por el corredor y se para junto a la cama, se desnuda, empieza a untar crema con sus manos sobre la piel blanquísima. Luego se sienta en el borde del colchón y sigue la tarea, levantando una pierna y enseguida la otra. Durante varios minutos frota y recorre con sus dedos esa tez suave y brillante, los muslos, las pantorrillas.
Cuando termina se calza un par de botas nuevas, muy altas, de cuero negro y largas cremalleras. Se levanta para probarlas. Camina rumbo a la sala, siempre desnuda, dando la espalda, inocente de todo cuando interpreta la escena: sin saber que con ella encandila a su amante despierto.

19.5.08

La Organización (y III)

De la caja, con ademanes lentos, Nuno extrae varios sobres de cartón que llevan escritos a mano los nombres de todos los agentes. Luego se acerca al grupo, y ellos lo buscan para ir recibiendo cada cual su paquete. Cuando la valija ha quedado vacía, el líder vuelve a su lugar, desde donde pronuncia las últimas órdenes.
— En unas horas, cuando nos hayamos alejado de esta casa, todos podrán abrir los sobres. Allí encontrarán instrucciones, algo de dinero y los detalles de la misión que les hemos asignado.
— ¡Bien pensado, muy bien pensado! —interrumpe Valbuena, de pie, muy cerca del asiático, mientras frota con ansiedad su sobre.
— Acá no podremos volver —sigue Nuno, ignorándolo. La casa, por razones de seguridad, será clausurada en cuanto nos marchemos. Así que, por favor, caballeros, recojan sus pertenencias y tengan cautela en el momento de salir.
Entre murmullos leves, la tropa empieza a disolverse. En fila, como llegaron, los agentes caminan por el pasillo estrecho hasta alcanzar la salita de recibo, donde la negra Aroma, que aguarda por ellos, va entregando armas, maletines y sombreros. Antes de verlos partir les va entregando pliegos de papel enrollado, copias donde figuran las palabras iluminadas de Nuno: el primer manifiesto de la Organización.
Valbuena, ensimismado, repasa esas líneas con fervor. Es el único que lee, y en sus manos temblorosas se sacude con prisa el fino papel. Cuando termina de leer, satisfecho, destruye la hoja y se apresura buscando la salida.
Entonces todos están listos, alguien empuja la puerta y abandona el lugar con sigilo. Imitando esa fuga cada treinta segundos, los demás soldados repiten la operación en completo silencio. Y de último, acomodándose una mochila en la espalda, sale Valbuena.
Ya empiezan a apagarse los faroles. La calle se ilumina con rapidez, la claridad de la mañana descubre ahora las fachadas de las casas vecinas.
Mientras la decena de militantes avanza rumbo a las murallas, volviendo por donde llegaron, Valbuena, el reducido agente chileno, enciende un cigarro a solas, sonríe misterioso, como si conociera una verdad ignorada por los otros, gira sobre sí mismo y emprende su travesía justo por el camino opuesto.

12.3.08

La Organización (II)

Valbuena, rimbombante, hubiera querido imprimir un estilo más clásico, un perfil casi medieval y caballeresco a este primer concilio. En el centro del patio donde ahora charla el grupo, el chileno preferiría ver una gran mesa de madera pulida, sus asientos, los diálogos marciales que tejerían los invitados bajo una gran araña de luz amarilla. En lugar de esta escena relajada, alrededor de un gran árbol de mango, con agentes novatos que charlan en pequeños grupos mientras Aroma, la negra diminuta, va de aquí para allá repartiendo vasos tintineantes de hielo y ron.
El enano sureño camina entre los convidados, se acerca al tipo alto, se empina un poco y susurra:
— Kid, disculpe, ¿acaso Nuno no había prohibido el alcohol?
— Eran otros tiempos, Valbuena. Eran otros tiempos.
— ¿Otros tiempos? ¿Qué dice, Kid?
— Simple: si queremos ganar adeptos, tendremos que aflojar un poco algunas normas.
— ¿Aflojar? ¿Aflojar, dice? ¡Este no es momento para aflojar, por dios!
— Vamos, Valbuena, tranquilícese. Échese un trago y relájese, por favor.
Kid gira sobre sus tacones y deja solo al reducido lugarteniente. Dedica la próxima media hora a platicar con cada uno de los citados, tanteándolos, empezando a tejer poco a poco su nueva red.
Luego da esta primera tarea por concluida y camina hacia una esquina del jardín, a juntarse con Nuno.
— Amigos —dice enseguida el asiático. Acérquense, por favor, que es momento de hablar y fijar algunos temas importantes.
Los invitados se arremolinan en torno al líder; abandonan sus vasos, algunos, y guardan silencio mientras escuchan el mensaje.
— Muchos de ustedes conocen las dificultades que hemos enfrentado recientemente. Convocar de nuevo a la Organización ha sido una tarea penosa y de altísima peligrosidad…
— Cierto… ¡muy cierto! —interrumpe Valbuena, emocionado. Kid lo reprende con una mirada, y Nuno continúa.
— Pues sí, nos ha costado un par de años conseguir apenas este humilde logro: componer el núcleo esencial de nuestro movimiento. Sin embargo, los veo aquí, ahora, y confirmo que ha valido la pena.
Valbuena ensaya un aplauso exaltado, pero ninguno lo sigue. Y esta vez se libra de Kid, que no está para censurarlo, pues ha ido con sigilo hasta una habitación al fondo del patio y ahora, sosteniendo con ambas manos una pequeña caja de metal, regresa caminando lentamente, la pone directo sobre el piso rústico, a los pies de Nuno, quien saca una larga llave de su bolsillo y empieza a agacharse para abrir con sus pequeñas manos la discreta valija.
(Continuará)