Hoy, como cada día durante su breve visita, el atildado joven Raúl conduce a la criada hasta la calle. Lo hace caminando solo, siempre adelante, recorriendo el amplio jardín mientras ella lo sigue.
A las cinco de la tarde, bajo una garúa que les moja a ambos el cabello, Raúl alcanza el portón, gira la llave, abre el candado. Y justo antes de salir a la vereda, la anciana lo toma del brazo y le pregunta en el umbral:
— ¿Cuándo te vas?
— Todavía no —responde él.
— Qué bueno —dice ella y sonríe. Has resultado una grata compañía.
En el brevísimo instante en que se produce el diálogo, asaltado por la sorpresa, todavía incrédulo, él la mira a los ojos y descubre en ellos, en ese azul apagado, el chisporroteo eléctrico del romance.
A las cinco de la tarde, bajo una garúa que les moja a ambos el cabello, Raúl alcanza el portón, gira la llave, abre el candado. Y justo antes de salir a la vereda, la anciana lo toma del brazo y le pregunta en el umbral:
— ¿Cuándo te vas?
— Todavía no —responde él.
— Qué bueno —dice ella y sonríe. Has resultado una grata compañía.
En el brevísimo instante en que se produce el diálogo, asaltado por la sorpresa, todavía incrédulo, él la mira a los ojos y descubre en ellos, en ese azul apagado, el chisporroteo eléctrico del romance.

