12.12.07

Holanda se hunde

Ayer por la tarde cedieron varios diques. Agitadas por las tormentas, las aguas del Mar del Norte fueron penetrando de a poco en las barreras. Luego irrumpieron con violencia, reforzando de súbito los cauces del Rin, el Mosa y el Escalda, los tres ríos que atravesaban estas tierras bajas. Las advertencias de los ingenieros, la desgracia anunciada por el profesor Pier Vellinga finalmente ha ocurrido.
Corrientes de agua salada inundan las calles, las plazas y los bulevares. Luces de colores cambiantes, de los semáforos que aún titilan, dibujan en los canales unas extrañas alegorías sumergidas. Se ven grupos de maletas, de morrales y de bicicletas que van dando tumbos arrastrados por el oleaje. En los edificios del gobierno, y en las empresas, dicen que cientos de miles de oficinistas quedaron atrapados en sus cubículos. Que casi todas las viviendas permanecen anegadas, semidestruidas. Que los automóviles, inútiles, duermen apagados bajo los arroyos.
Estas y otras cosas cuentan las noticias en la radio. Aquí, a través de la ventana, ahora que interrumpo mi trabajo para consignar este breve reporte del desastre, sólo alcanzo a ver un perro que nada cerca de un poste encendido. Veo caer gotas de lluvia que ya empiezan a salpicar esta gran sábana de agua.

25.11.07

Este pobre fitness freak

Adentro: tantas pesas, sus discos acerados, sus barras de metal. Los aparatos retráctiles, las poleas. Una larga fila de bicicletas estacionarias. Y acá, junto a las puertas de la tienda, esas bandas móviles, rutas sin fin, que sirven para correr evitando el compromiso de avanzar. Una de ellas funciona en solitario. Dos compradores que la examinan, el empleado que les explica mientras la banda gira y gira. Afuera: un ambiente de sábado, quieto. El bulevar enorme y vacío, apenas trajinado por los caminantes escasos. Los taxis lentos, los buses sin pasajeros. El hastío a las cinco de la tarde.
Y de repente, brilloso, el sudor como agua, la ropita ajustada casi ridícula, los músculos prietos de un corredor repentino. Sus zapatillas acompasadas, el vigor fácil, la carrera brutal sobre los adoquines de la vereda.
Entonces lo inesperado: el tipo que tuerce el rumbo y cruza la entrada abierta del local. El asombro del vendedor, el pánico de los clientes. Y luego el trote enérgico del intruso sobre la banda veloz, sus zancadas rítmicas, la sonrisa indescifrable de este pobre fitness freak.

11.11.07

El Zorro no puede más

Los líos de la herencia, la pereza de los jornaleros, el motín del capataz y la crisis del agave. El fuego de California, la encefalitis equina, el mutismo miedoso del desierto. La escasez de agua y la fragilidad del barro en los muros altos de su propiedad. Los chismes en el pueblo, el desorden de la policía, la bulla de los mariachis y el susurro débil de los arroyos secos. El maldito detergente que apaga la negritud de sus prendas. La carestía del acero para los sables, las averías de la carreta, el dolor en sus rodillas después de tantos brincos de madrugada. Las tejas envejecidas que ya no paran de quebrarse bajo sus botas. La plaga de las serpientes, el acoso cotidiano de las señoritas y la persistencia de un cierto tedio de cincuentón burgués.
Bernardo el mudo se jubiló, la cirrosis mató al sargento García, legiones de bandoleros gringos han empezado a llegar con sus pistolas y El Zorro, preocupado bajo el antifaz, entiende la desmesura del compromiso. Ya no volverá a marcar la Z. El Zorro no puede más.

25.10.07

Madonna

Empieza el día. Cuando la luz y el sonido ya se cuelan a través de la persiana, Campos todavía sueña. Se ve en el patio de un colegio, conversando animadamente con la chica material. Se ve hablándole de cerca, íntimo; ambos rodeados por el trajín y el ruido de tantos muchachos uniformados.
Cuando escucha las frases de Campos, Madonna sonríe con un gozo evidente, se muerde un labio. Él mira esas líneas, mira la belleza de su rostro en primer plano. Y le dice con inocencia:
— ¡Qué bonita eres!
— Sí —responde ella con un gesto cansado. Pero soy mucho más que eso: soy espectacular.
Campos despierta. Y piensa: hay vanidades salvajes, desmesuradas, que no se conforman con existir sólo en la vigilia.

18.10.07

Un ahogado menos

Desde la orilla, sentado junto a la cava, Campos bebe una cerveza viendo las olas romper en un desorden de espumarajos blancos. Son casi las seis y están borrachos: no han parado desde esta mañana. Allá, como a cincuenta metros azules, Jon sigue abollando la superficie del agua con unas brazadas rápidas que apenas lo mueven. Campos apura el último trago. Se levanta, abandona el grupo y corre hasta el agua para unírsele. Cuando se mete, siente cómo el agua fría le despierta los músculos de la espalda. Y allá, en las aguas del oeste, ve un sol rojito que mengua y ya casi se quiere apagar.
Campos recorre una larga diagonal mar adentro. Se cansa rápido con esa actividad, pero no arruga: piensa que si Jon llegó, él también podrá. Atraviesa olas, lucha contra la corriente, aprieta el ritmo para avanzar. Y puede: ahora alcanza una zona quieta. Justo cuando ve a Jon flotando, pálido, asustado, rogando:
— Sacame.
Campos acelera y recorre pronto los pocos metros que los separan. Lo pone boca arriba, lo asegura con un brazo y empieza a nadar con el otro. Vamos, vamos, vamos, le dice a Jon mientras se afana.
— Vamos, patalea que no puedo solo.
Ordena Campos cuando siente que respira, que jadea con apremio. Intenta nadar, pero enseguida llega una ola violenta y le arrebata el cuerpo de Jon que ya no nada, no ayuda: se hunde. Pasan un par de olas. Campos busca, se sumerge, reparte ojeadas encima del agua. Busca. Hasta que ve salir la cabeza de Jon escupiendo chorros de agua con los ojos cerrados. Tres brazadas y ya lo tiene de nuevo. Campos reinicia la tarea, siente que se mueven, que van para la orilla.
Pero les cae otra ola grande que los arrastra cinco o seis metros mar adentro, aunque esta vez no lo pierde. Jon apenas habla:
— Ya no tengo, ya no tengo…
Dice bajito, sin fuerzas. Campos recurre al shock y lo insulta de cerquita:
— ¡Pateá, pateá güevón que nos ahogamos!
Jon responde con dos movimientos desganados, como por cumplir, y se entrega. Campos entiende que está solo, que debe trabajar para volver a pisar tierra. Se sujeta con fuerza al agonizante y empieza de nuevo. Tres, cuatro metros: y la ola que los arrastra. Dos, tres metros: y para adentro siempre. Campos gasta energías en un pulso abismal e inútil; compite con voluntad, muerde duro y gana terreno, pero en cada jalón ve que la corriente lo reclama. Le falta el aire, le falta la luz cuando el agua lo cubre.
Entonces, después de nadar durante diez o quince minutos dilatados, Campos acepta que no le dan las fuerzas y pide ayuda cada tanto: uno, dos, tres —levanta la mano y manda señales hacia la orilla. Así varias veces, tocando suelo y volviendo a lo hondo. Cansado, rindiéndose casi. Hasta el momento en que ve venir corriendo a dos tipos en bermudas. Dos hombres que han salido quién sabe de dónde, que corren en contraluz dando zancadas sobre el agua. Y toman el cuerpo flojo de Jon cuando Campos, aliviado, se deshace de él como de un peso muerto.